Hola, ¿qué tal?

V: Y vos, ¿cómo te llamás?
E: Emepol.
V: ¿Cómo?
E: Emepol.
V: ¿¿Cómo??
E: Emepol…
V: ¿¿¿Cómo???
E: Ehh… Mariano

Ese diálogo fue en una Feria del Libro, allá por 2005.
Y pensar que hoy, ya vamos dos meses de casados.

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Convivencia sagrada

La dicotomía de los blogs de temática general permiten que pasemos de un post sobre la última serie que nos comió el coco a mostrar una foto de un lugar, para comentar una receta de cocina que logramos llevar a cabo, y de ahí a cuestiones de índole más o menos personal.
Este posteo es de los últimos, particularmente el más por sobre el menos, en lo que a lo personal se refiere.

Y es que hace dos años con Mi Novia (o mejor dicho Mi Futura Esposa) comenzábamos la linda aventura de programas nuestras vidas juntos, y aquí estamos, a menos de tres semanas de oficializar todo casándonos en una fecha con particular numerología: 11/11/11.

Será un día para nosotros, al igual que hoy, convencidos de que éste es el camino que elegimos y, por sobre todo, el camino que queremos.
Dos años juntos, uno de convivencia. Todos pasos fantásticos.
Y es que uno muchas veces cuando piensa en el pasado más o menos lejano, piensa qué hubiera pasado de haber actuado diferente, o haber dicho otras cosas, o haberlas dicho a tiempo (especialmente cuando uno es el rey de L’esprit de l’escalier). Y uno se da cuenta de que no hay cosas que cambiar, ya que todos los errores, los triunfos, los fracasos, los aciertos y las desilusiones fueron marcando un camino el cual me llevó al lugar donde estoy ahora.

¡Felicidades mi amor! ¡Por muchos años más!

Actualizando

Disculpas a los pobres lectores asiduos y ocasionales de este simple blog por la poca cantidad de entradas en los últimos meses. Entre elecciones (¡dos en este año!), trabajo, actividades varias y preparativos para la boda (¡chan!) de la cual les hablaré pronto, estuve a las corridas y ping pongueando de un lado al otro.
Espero lenta y paulatinamente volver a la normalidad.
Perdón nuevamente por estas ausencias. Les prometo que lo voy a volver a hacer.

Cazados

La novia del Cristo sus ojos apartó
y los ojos castaños de su obrerita buscó
Gabo Ferro
Textito muy inteligente que anda dando vueltas por blogs y foros diversos.
MATRIMONIO Y CATÓLICOS
Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestrucuturadas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a
cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.

Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.

Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

 
 

De bodas y salones

Sábado a la noche. Andaba merodeando con una amiga por la zona sur de Puerto Madero, cerca de la megacadena de cines que está casi bajo la autopista. Al lado de Madero Tango vemos unas luces dentro de un salón vidriado. De lejos no sabíamos que era, si eran luces en una pantalla o si se trataba de una curiosa bola de espejos. Sin importarnos lo que le pasó al gato que fue curioso, nos acercamos a chusmear.

Y ahi lo vimos: Un salón de fiestas donde se celebraba un casamiento. Pero resulta que era el salón de fiestas mas feo del universo y sus alrededores. Estando ahí dentro, uno se sentía como en una pecera. Todo el que pase por ahí podía ver la fiesta, al menos la parte de las mesas, ya que no había demasiado lugar para moverse. Por lo visto, la parte del baile era arriba, con el consiguiente subir y bajar a cada rato.

Ya en ese entonces dije: “Prometeme una cosa. Si el día de mañana me caso y festejo en este lugar, vos pegame. Y es más aún, pegale también a quien sea mi esposa, porque va a ser obvio que este lugar no lo elegí yo”.

Pero aún faltaba la frutilla de la torta. Viendo el lateral del casamiento, algo me llama la atención. “Esa mujer tiene un top negro muy raro”, pensé.
Pero no, no estaba en top. Peor aún. La dama en cuestión… ¡¡¡ESTABA EN CORPIÑO!!!. Así, nomás, comiendo tranquilamente en la mesa con el ñocorpi.

Y uno piensa: Si hay vestidos que son para usar sin corpiño, por qué no habrían de haber corpiños para usar sin vestido.

Y después decíamos… ponele que te invitan a la fiesta, te preparás con tu mejor traje o vestido… te ponés bien elegante… te disponés a ser la segunda mas brillante de la fiesta (no hay que quitarle protagonismo a la novia)… y de repente, te toca en la misma mesa que Miss Brassier. Ya está, nadie te va a dar bolilla, ya que no sos la persona mas descollante de la mesa.
Todos se van a acordar de la mina en corpiño.

Si a mí me pasa de estar en esa mesa, no sé que hago, me reiría tanto que no podría comer, ni bailar…
Volvíamos y nos seguíamos riendo.