Gracias Raúl

Tal vez no quede mucho más por agregar luego de lo que ya se ha dicho en diarios, TV, Facebook y blogs, pero de todas maneras no quiero dejar la oportunidad de dejar mi homenaje no sólo a un presidente, sino a un hombre.

Un hombre que supo mejor que nadie la titánica tarea de conducir un país. Un tipo al que muchas veces admiré, con el que varias disentí y al que más de una puteé, pero al que siempre le tuve respeto.

Alfonsín gobernó durante parte de mi infancia y el comienzo de mi adolescencia, y uno de mis primeros recuerdos relacionados con la política fue el día que Bignone anunció el retorno de la actividad política en el país. Asimismo recuerdo que mis viejos fueron a presenciar uno de esos multitudinarios actos durante la campaña del hombre de Chascomús. Después, aquel 30 de octubre de 1983 los acompañé a votar. El 10 de diciembre estábamos vacacionando en Santa Teresita, en un pequeño deparamento que mi abuela poseía frente al mar y aquella mañana nos fuimos a un bar a presenciar el histórico momento del retorno de la democracia.

Fue un retorno jodido. Veníamos de la más atroz dictadura que se tenga memoria, donde Videla y sus acólitos habían impuesto por medio de las botas y la muerte un gran sentimiento de miedo en la población. Alfonsín ya la venía peleando desde los años oscuros, buscando el paradero de los desaparecidos desde su despacho de abogado y oponiéndose a la guerra de Malvinas (casualmente, hoy es el la fecha) cuando todos en la plaza vivaban la gesta craneada por un presidente alcohólico que mandó a la guerra a jóvenes que apenas sabían manejar armas.

Esa misma fuerza la mantuvo durante los casi seis años de su mandato. Con esa fortaleza y un espíritu algo “calentón” si se quier decir, se le plantó al “cowboy” Ronald Reagan, el mismo que veía con beneplácito a las dictaduras de derecha y alimentaba el fantasma de la mancha roja que impregnaba el mundo occidental.

De similar manera, realizó algo que sentó un precedente en el mundo, cuando en 1985 se realizó el histórico juicio a las juntas militares que habían llevado a cabo el genocidio desatado en 1976. Las fuerzas reaccionarias no se lo perdonaron, y tuvo que soportar tres levantamientos militares. Poco después del primero, encavezado por el ahora político Aldo Rico, surgieron las polémicas leyes de “punto final” y de “obediencia debida”.

Con ese mismo talante, quiso limitar el poder de los sindicatos. Uno de sus primeros proyectos buscaba este control. Se dice que a la hora de las votaciones, la balanza estaba más pareja que con el tema de las retenciones. Entonces un importante legislador le pidió una enorme cantidad de dinero en dólares para apoyarlo. Alfonsín, recto, se negó rotundamente y la ley no fue aprobada. De todas formas, la presión de los sindicatos siguió. No olvidemos los 13 paros generales que le hizo Ubaldini.

Cerca de 1989 comenzaron los problemas graves a costa de la hiperinflación. No hay que ser demasiado inteligente como para darse cuenta de que en gran parte la misma fue generada por grupos de poder interesarlos en tirarlo abajo. Lo que se dice, en castellano, un golpe de estado económico.
Rodeado por todos los flancos, tuvo que adelantar la entrega del poder, y así comenzó el menemato, la década infame de nuestra generación.

Se lo puede criticar a Alfonsín por el pacto de Olivos, que ayudó a extender el mandato del patilludo, pero Carlitos el Famoso de alguna manera se las iba a ingeniar para conseguir la reelección, y gracias al pacto se incluyeron importantes modificaciones en la Carta Magna.

Tuvo sus errores, sus metidas de pata (“A vos no te va tan mal…”), pudo haber tenido gente que no es de mi agrado a su alrededor, pero en la Gran Balanza Final, creo que sus cualidades hacen peso.

Se fue un gran tipo, no sólo un Gran Presidente. Un tipo convencido de que la democracia no es tan sólo una forma de gobierno, sino también la única bajo la cual nuestra sociedad puede desarrollarse.

Así que gracias, por enseñarnos a vivir en democracia.

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